miércoles, 20 de abril de 2016

Improvisando por Austria (2ª Parte)



Al día siguiente, me di cuenta de que no podría haber tomado una decisión mejor. De nuevo la niebla a juego con los primeras hojas amarillentas del otoño, los adoquines húmedos y la paz del domingo por la mañana. Recuerdo ese paseo a paso lento en un entorno de postal:

El río…



Las torres de las iglesias entre casitas de tejados a dos aguas…




Las fachadas de trampantojo…



Sin embargo, lo mejor aún estaba por llegar. Me voy introduciendo en la región de los lagos a descubrir esos encantadores pueblecitos construidos a sus orillas como Gmunden y Ebensee, donde realmente parece que se ha parado el tiempo:





Dicen que lo bueno se hace esperar. Siguiendo hacia el sur, y con la antesala de Bad Goisern…



… llegué hasta la guinda del pastel que llevaba dos días cocinando:



Hallstatt. Una auténtica joya escondida que hasta hace poco más de 100 años sólo era accesible por barco. Así es como me imaginaba los cuentos cuando era un crío. Un conjunto de casas tradicionales de madera, encajadas entre una ladera y el agua. Un lago abrazado por empinadas montañas y un vigilante castillo. Plazas que parecen, literalmente, de dibujos animados. Una sensación de estar en otro mundo, lejos de todo…



De nuevo se me echa la noche encima, esta vez sentado en un banco a la orilla del lago y empapándome del paisaje abrumador, muy difícil de igualar. Sólo en el momento en el que considero que ya tengo las pilas cargadas a tope, tomo el camino de vuelta a casa. Que mañana hay que trabajar.


lunes, 18 de abril de 2016

Improvisando por Austria (1ª Parte)



En 2012 tuve la suerte instalarme durante unos meses en Austria por trabajo. Por desgracia para mí, esta etapa tenía una fecha de caducidad. Austria me había impactado desde el mismo momento que puse el pie en ella, y si quería disfrutarla no había tiempo que perder, había que exprimir los fines de semana de aquel verano. Y lo hice a mi manera: simplemente yendo a deambular sin un rumbo fijo por los adoquines de Salzburgo, saliendo en bicicleta a descubrir los pueblos y paisajes que se dejaban caer por la orilla del río o, mi favorita, lanzándome a la carretera.


Uno de estos viernes por la tarde planeando una escapada, descubrí lo cerca que estaba un lugar muy relacionado con la turbulenta historia de mi país del último siglo: Mauthausen. Decidí empezar por ahí, luego ya veríamos.



Soy consciente de que la visita a estos lugares puede resultar… controvertida. En la Europa sumergida en un turismo de masas en la que vivimos, hay muchas ocasiones en las que la línea entre apreciar un hecho histórico, el homenaje a unas víctimas y el morbo puede ser muy delgada. Ya había visitado Auschwitz antes y fue una de las experiencias viajeras que más me han impactado, en sentido positivo, por lo que estaba preparado para afrontar la visita.

Poco después de pasar Linz… ¡Zas! Un sitio como este no necesita de más ambiente para vivirlo, pero si te vas acercando a él a través de una densa niebla, puedo asegurar que los pelos de los brazos se erizan.






Una vez dentro, no hace falta tirar de imaginación, ya que ese escenario lo hemos visto en muchas películas o documentales. Al mismo tiempo que vas pasando, casi puedes visualizar lo que se vivió en esas explanadas, en esos sótanos o en esas canteras. Ver además las banderas españolas y las placas con apellidos castellanos hace sentirlo más cercano si cabe.






Ya satisfecha la curiosidad de conocer el memorial me encuentro con la primera sorpresa. Mauthausen no es muy conocida por mucho más que su campo de concentración, pero el pueblo en sí tiene mucho atractivo, con sus casas de colores vivos regadas por el Danubio.







Próxima parada, justo al otro lado del río: Enns. Más casitas típicas y una bonita torre del reloj dominando la ciudad. Un paseo agradable, pero lo mejor estaba por venir.



Ya con el sol empezando a caer (sí, esto es Centroeuropa, el tiempo juega en nuestra contra), el coche me lleva a Steyr. Un poco de callejeo es suficiente para darse cuenta de que este no es un lugar cualquiera, sino una de las ciudades más bonitas de la Alta Austria.




Es el momento de cambiar de planes. Esta maravilla hay que verla a la luz del día. Va a ser mejor buscar un hotel y vivirla sin prisas, que volver a casa.

jueves, 24 de marzo de 2016

Chorrojumo, el Rey de los Gitanos



Hoy os traigo la historia de uno de los muchos personajes pintorescos que ha dado mi ciudad adoptiva actual: Granada.

Pongámonos en situación. Estamos en medio del siglo XIX. Por un lado, tenemos a una clase social alta cada vez más interesada en el turismo. Estos visitantes buscaban, más que contemplar monumentos, vivir en primera persona una serie de extrañezas culturales que, de alguna manera, dieran notoriedad a sus viajes.


Foto: todocoleccion.net

En la otra cara de la moneda, tenemos a una clase obrera que trabajaba de sol a sol para ganar apenas para vivir. A este grupo pertenecía Mariano, el herrero del Sacromonte. Este emprendedor fue capaz de identificar las necesidades de los acomodados viajeros que visitaban Granada y vio en ellas una forma de ganarse la vida más gratificante que la durísima fragua. Complementó sus rasgos castizos con una vestimenta goyesca y su característico sombrero de catite, se buscó un nombre acorde a su imagen y se lanzó a los bosques de la Alhambra. Había nacido el personaje de Chorrojumo, el rey de los gitanos.

Foto: agrafi.es

Ya sólo su sobrenombre le da cierta peculiaridad. Lo único que se sabe seguro es que hace referencia a un “chorro de humo”. Hay quien piensa que le llamaban así porque siempre iba fumando. Puede ser que fuera por la forma de su sombrero, que recuerda a una chimenea. Quizás fuera por la rapidez con la que se esfumaba una vez conseguida su propina. Lo cierto es que tenía la piel tan oscura que parecía que le había dado un “chorro de humo” en la cara.

En un primer momento se limitó a deambular por el recinto de la Alhambra y se dejaba hacer fotos a cambio de unas monedas. Después comenzó a vender postales y a dar paseos con los turistas mientras visitaban el recinto mientras les contaba alguna que otra historieta (poco importaba que ya las hubiera contado antes Washington Irving en sus Cuentos de la Alhambra si las hacía propias con tanto aplomo). Poco a poco logró tanta popularidad o más que el propio monumento. Una visita a la Alhambra sin el aderezo de su personaje podía llegar a resultar sosa. Luchando contra su avanzada ceguera y sus numerosos imitadores (se dice que era bastante común encontrarlo enzarzado en una pelea a garrotazos contra ellos) se dedicó a dar vida a los palacios hasta el último día de la suya: ya cumplidos los ochenta años, murió en plena visita.

Foto: granada21.wordpress.com

Chorrojumo fue el primer kiosquero que vendió postales, el padre de las gitanas que leen la mano en la calle Oficios y el inventor de las cenas con espectáculo flamenco. Pero sobre todo, fue el pionero de la profesión que a algunos como a mí nos apasiona: el primer guía turístico de Granada.

Homenaje del Sacromonte a Chorrojumo